jueves, 27 de septiembre de 2007

Testamento explicado por Esopo


Esopo era un verdadero oráculo, si es cierto lo que cuentan de él. Sabía más que todo el Areópago de Grecia. ¿Queréis una prueba? Pues os contare una historieta, que os ha de agradar.
Cierto ciudadano tenía tres hijas: ¡Cuán diferentes las tres! Una era dada a la bebida; otra, coquetona; la tercera tacaña y avarienta. Nuestro hombre hizo testamento, y con arreglo a la ley, dividió su hacienda en partes iguales, legando a la madre un tanto, que no se había de abonar hasta que cada una de las hijas hubiera perdido su legítima.
Muerto el padre, las tres hijas, ansiosas, van a enterarse de su última voluntad. Les dan lectura del testamento, y empiezan los comentos y las interpretaciones; pero en vano se devanaban los sesos. ¿Cómo explicar la condición de que las hermanas habían de abonar su parte a la madre cuando perdiesen la suya? Mal puede pagar quien nada tiene. ¿Qué quiso decir el testador? Consultaron el caso; los abogados más famosos, después de darle mil vueltas al asunto, se declararon vencidos, y aconsejaron a las herederas que se repartiesen las haciendas desde luego sin más ni más. En cuanto a la pensión de la viuda, opinaron que cada una de las hijas cargase con el tercio de ella, pagadero a su voluntad, si no preferían formarle una renta, que debía correr desde la muerte del testador.
Resuelta así la cuestión, hicieronse tres lotes de la herencia: entraron en la primera los viñedos y lagares, la bodega bien repleta de vino de Chipre y de Malvasía, la vajilla de plata y de cristal, los esclavos de mesa y de cocina: todo lo que daba halago al paladar. Formose el segundo lote con la casa que había en la ciudad, muy elegante y bien amueblada, con las peinadoras, y los eunucos, y las hábiles costureras, y las joyas y los trajes: y quedaron para el tercero las granjas y las bestias de labor, los pastos y los ganados.
Hechos estos lotes, pensaron que, si echaban suertes, quizás ninguna de las herederas quedaría contenta, y para evitarlo, decidieron que cada cual tomase la parte que mejor le pareciese, previo el debido justiprecio.

Pasó esto en Atenas, y todos grandes y chicos aprobaron el reparto y la elección: Esopo solamente dijo, que después de tanto cavilar, habían tomado el rábano por las hojas. “Si abriera los ojos, el difunto, exclamaba, ¡cómo criticaría al pueblo ateniense! Presume ser el más perspicaz de todos, y no ha entendido la voluntad de un testador.” Así dijo el fabulista, y después hizo las pariciones de la herencia a su manera. Dio a cada hermana el lote que menos le agradaba: a la coqueta las viñas y las bodegas; a la amiga del mosto, los sembrados y los pastos; a la avarienta las galas y las joyas. De esta manera, decía Esopo, cada hermana se deshará del lote que le toca, sacando de la venta buen dinero: con este caudal encontrará excelente marido, pagará la parte de su madre al contado, y no poseerá los bienes paternales, cumpliéndose el testamento al pie de la letra.
El pueblo Ateniense no podía volver de su asombro, al ver que un hombre solo tenía mejores entendederas que todos los demás juntos.