domingo, 30 de septiembre de 2007

Febo y Boreas


Febo y Boreas vieron a un viajero, que se había armado bien contra el mal tiempo. Era a la entrada de otoño, cuando son más necesarias las precauciones; tan pronto llueve como hace sol, y la brillante cinta de Iris avisa a los perspicaces que en esa estación no esta de más la capa. Nuestro hombre, pues, esperaba las lluvias, y se proveyó de un capotón fuerte y grueso.
“Ha creído éste, dijo Boreas, que lo ha previsto todo: pero no ha pensado que, si comienzo a soplar, se irá al diablo su soberbia capa. Será cosa divertida sus apuros. ¿Queréis que comprobemos?”
-Apostemos, sin gastar tanta saliva, contesto Júpiter, quién de los dos arrancara más pronto ese abrigo a los hombros del satisfecho jinete. Comenzad vos: os permito oscurecer mis rayos-.
No hubo de insistir más, porque Boreas, en el acto, hinchosé como un globo, y haciendo un estrépito de mil diablos, silbó, bramó, sopló, y produjo tal huracán que por todas partes derribo casas y echó barcas a pique: ¡No más que por una capa!
El jinete puso todo su ahínco en evitar que el viento hiciese presa en ella. Y esto le salvó. Boreas perdió el tiempo: cuanto más se esforzaba, mejor se defendía el combatido caballero, bien rollado con el capotón. Cuando el soplador perdió la partida Febo disipo el nublado, acarició e hizo entrar en calor al caminante, que al poco rato, sudando y trasudando, se despoja del ya molesto abrigo.

Más vale maña que fuerza. Lo que o pudieron violencias y furores, lógranlo suavidad y dulzura.