sábado, 22 de septiembre de 2007

El astrólogo que cayó en un pozo



Un astrólogo cayó un día dentro de un pozo y le decían: “¡Pobre infeliz! ¿No puedes ver lo que tienes a tu paso, y pretendes leer los secretos del cielo?”


Esta sencilla aventura, sin ir más lejos, puede servir de lección a muchos. Pocos hay que no se complazcan en oír a los que pretenden leer el libro del destino. Pero ese libro, que han cantado Homero y los suyos, ¿Qué es, sino el azar, en la antigüedad y la providencia entre nosotros? Respecto al azar, no cabe en él ciencia. De otro modo, no podría llamársele azar, suerte o fortuna, cosas inciertas todas ellas. En cuanto a la voluntad soberana del que lo gobierna todo con docto designio, ¿Quién la conoce más que el mismo? ¿Cómo adivinarla? ¿Acaso habrá escrito en las estrellas lo que ocultaba la noche los tiempos? ¿Para que fin? ¿Para ejercitar el ingenio de los que disertan sobre el globo terráqueo y el celeste? ¿Para hacernos evitar males que son evitables? ¿Para matar nuestros placeres haciéndolos prever de antemano? Error es, y aún crimen, creer tal absurdo. Muévase el firmamento, siguen los astros su carrera, nos alumbra l sol todos los días, sin que podamos seguir otra cosa que la necesidad de seguir sus leyes para el cambio de las estaciones, para que germine y sazone la cementera. Por lo demás ¿en qué responde a la mudable fortuna la marcha siempre igual del universo? Charlatanes, confeccionadores de horóscopos, abandonad la corte de los príncipes, y llevaos también a los alquimistas. Igual crédito merecéis unos que otros.
Pero me exalto demasiado: volvamos a la historia de aquel astrólogo en remojo. Además de significar la vanidad de su ciencia falaz, es imagen de los que corren tras ilusiones quiméricas, teniendo a sus pies el verdadero peligro.