miércoles, 19 de septiembre de 2007

El águila y el escarabajo


Perseguía el águila a Juan Conejo, y éste corría a todo correr hacia su madriguera. En el camino topó con la guarida del escarabajo. No era muy segura; pero, como no encontraba donde refugiarse, allí se agazapó. El águila se arrojaba ya sobre el cuando el escarabajo, metiéndose a redentor, le habló de esta manera: “Princesa de las aves, fácil cosa es para vuesa alteza, apoderaos de este infeliz, a pesar mío; pero, por compasión, no me hagáis ese ultraje. El pobre Juan conejo os pide merced de la vida; otorgádsela, o quitádnosla a entrambos: es mi vecino y mi compadre.”
El ave de Júpiter, sin decir palabra, da un aletazo al escarabajo, le echa patas arriba, le hace callar, y se lleva entre sus garras a Juan Conejo.
El escarabajo, enfurecido, vuela al nido del águila y en su ausencia rompe sus huevos, sus frágiles huevos, que eran toda su esperanza: ni uno solo quedó entero. Al volver el ave rapaz, viendo aquel desastre, llenó los cielos de gritos, y lo peor de todo, es que no sabía en quien tomar venganza. Vanos eran sus gemidos; en el aire se perdían. Todo el año duro la aflicción de la pobre madre.
Al año siguiente, hace su nido en sitio más alto. El escarabajo lo atisba, y despeña los flamantes huevos. La muerte de Juan conejo quedó vengada de nuevo. El dolor del Águila, esta segunda vez, fue tal, que en seis meses no callaron los ecos de la montaña.
Por fin, el ave de Ganímedes implora el auxilio del rey de los Dioses, y deposita los huevos en un pliegue de su manto, creyendo que en ningún otro lugar estarán más seguros; que el mismo Júpiter los defenderá, y que, después de todo, nadie tendrá la audacia de robárselos allí.
Y en efecto, no se los robaron. El enemigo cambió de táctica: ensuciose en el manto de la divinidad, y ésta, sacudiéndolo echó a rodar los huevos.
Cuando el águila lo supo, amenazó a Júpiter con abandonar su corte, con ir a vivir al desierto, y otras impertinencias. Júpiter calló. Compareció ante su tribunal el escarabajo: contó el caso y defendió su causa. Hicieron ver al águila que no tenía razón. Pero, como los adversarios no e avenían a las buenas, el soberano de los Dioses, para arreglar el asunto, apeló al recurso de variar el tiempo en que el águila hace su cría, trasladándolo a la estación en que el escarabajo está en cuarteles de invierno, escondido bajo tierra como la marmota.