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domingo, 30 de septiembre de 2007

El asno cubierto con la piel del león


Habiéndose cubierto un asno con la piel de un león, era temido en toda la comarca: animal tan medroso hacía temblar a los más valientes. Mas ¡ay! Asomó a lo mejor la punta de la oreja, y quedó el engaño bien patente. Vino entonces con la estaca un gañan, y los que no estaban advertidos del ardid, hacinase cruces al ver que un villano apaleaba a los Leones.

Mueve el ruido mucha gente, a la que sienta bien este apólogo: el traje y el equipo es el secreto de su importancia.

El oso y los dos camaradas


Dos camaradas, viendo escurrida la bolsa, vendiéronle a un vecino pellejero la piel de un oso. El oso aún estaba vivo, pero lo matarían enseguida: así, a menos, lo dijeron.
¡Que oso aquel! El rey de los osos, según ellos. Su piel haría la riqueza del mercader; ni el frío más glacial la traspasaba; no un capotón, dos capototes podrían ser forrados y guarnecidos con ella.
Dentro de dos días ofrecieron entregarla, y convenido el precio, pusiéronse al acecho.
A poco, ven venir al oso al trote: ni un rayo les hubiese causado más efecto. Ya no hay nada de lo dicho: se rescindirá el contrato. Trepa el uno a la copa de un árbol; el otro, más frío que un carámbano, échase vientre a tierra, y reprimiendo el aliento, hace la mortecina porque oyó decir que el oso no se ceba en cuerpos inmóviles y muertos.
El animal, haciendo el bobo, dio con aquel bulto, creyolo privado de vida, pero por mayor seguridad, se acerca, lo hociquea, lo vuelve y lo revuelve, oliendo aquellos puntos, por donde escapa el aliento.
“Vámonos, dice que ya hiede,” y se retira a la vecina selva.
Baja del árbol el otro cazador, corre al camarada y le felicita de que todo haya quedado en un buen susto.
-“Pero, ¿Qué te ha dicho al oído, cuando te zarandeaba entre sus manazas?
-Me ha dicho que para vender la piel del Oso, hay que matar al oso antes-.

El águila y el búho pusieron fin a sus querellas y se dieron un abrazo. Juró cada cual respetar los polluelos del otro.
“¿Conocéis a los míos?” Pregunto el ave de Minerva.
-No, contestó el águila.
-¡Malo! Replico el pájaro fúnebre: temo por su pellejo; milagro será que se salven. Como sois rey, en nada reparáis: los monarcas y los dioses todo lo miden por el mismo rasero. ¡Adiós mis hijuelos, si dais con ellos!
-Enseñádmelos, o explicadme cómo son, y estad seguro de que no he de tocarlos.
-Mis polluelos son bonísimos, gallardos, elegantes: no los hay más lindos en todo el reino de las aves. Con estas señas no podéis desconocerlos. Recordadlas bien-.
Tuvo cría el Búho, y una tarde que estaba de caza, atisbó nuestra Águila en el hueco de una roca o en el agujero de una pared ruinosa- que de ello no estoy seguro-unos animalejos monstruosos, repugnantes, de aire hosco y voz chillona.
“No pueden ser éstos los hijos de mi camarada, dijo el Águila; adentro pues.” Y los engullo sin más ni más.
Al volver a su casa el Búho, sólo encontró las patas. Quejose a los Dioses, pidioles que castigasen al bandido causante de sus desgracias, y alguien le dijo. “Cúlpate a t mismo, o por mejor decir a la ley natural que nos hace ver a los nuestros hermosos, esbeltos y encantadores. Ese retrato hiciste al Águila de tus hijos: ¿cómo había de reconocerlos?”