sábado, 29 de septiembre de 2007

El lobo pastor


Un lobo, que no encontraba bastante pasto entre las ovejas de la vecindad, buscó la ayuda de una piel de zorro para disfrazarse. Vistiese de pastor, endosando una zamarra, empuño un cayado y colgó a la espalda una zampoña. Para completar la estratagema, no le faltaba más que escribir en la cinta del sombrero. “Yo soy Perico, pastor de este rebaño.” Metamorfoseado de tal suerte, y apoyando las patas delanteras en el cayado, acércase poco a poco el fingido Perico. El perico de veras, tendido sobre el blando césped, dormía como un lirón. Dormía también su perro, y hasta la gaita dormía. Para dormir todos, dormían asimismo las ovejas. A fin de engañarlas mejor, y atraerlas a su madriguera, el lobo quiso reforzar con sus palabras el engaño de su disfraz; pero esto fue lo que le perdió. Por más que hizo, no pudo imitar la voz del pastor. El áspero timbre de la suya hizo resonar el bosque y descubrió la añagaza. Despertaron todos, las ovejas, el mastín y el zagal. El pobre lobo, con el estorbo de la zamarra, no pudo huir ni defenderse.

Siempre dejan los bribones algún cabo suelto.