domingo, 2 de septiembre de 2007

El hombre y su imagen



Al sr. Duque de Rochefoucald

Un hombre enamorado de sí mismo, y sin rival en estos amores, se tenía por el más gallardo y hermoso del mundo. Acusaba de falsedad a todos los espejos, y vivía contentísimo con su falaz ilusión. La suerte, para desengañarle, presentaba a sus ojos en todas partes esos mudos consejeros de que se valen las damas: espejos en las habitaciones, espejos en as tiendas, espejos en las faltriqueras de los petimetres, espejos hasta en el cinturón de las señoras. ¿Que hace nuestro narciso? Se esconde en los lugares más ocultos, no atreviéndose a sufrir la prueba de ver su imagen en el cristal. Pero un canalizo que llena el agua de una fuente corre a sus pies en aquel retirado paraje: se ve en él, se exalta y cree divisar una quimérica imagen. Hace cuanto puede para evitar su vista; pero era tan bello aquel arroyo, que le daba pena dejarlo.

Comprenderéis a donde voy a parar: a todos me dirijo: esa ilusión de que hablo, es un error que alimentamos complacidos .Nuestra alma es el enamorado de sí mismo :los espejos, que en todas partes encuentra, son las ajenas necedades , que retratan las propias; y en cuanto al canal, cualquiera lo adivinara: es el Libro de las maximas.