domingo, 14 de octubre de 2007

El zapatero remendón y el capitalista


Un zapatero remendón cantaba todo el día. Daba gusto verle, y más oírle; todo era cantar y más cantar, contento y feliz como ninguno de los siete sabios de Grecia. Su vecino, muy al contrario, aunque estaba repleto de doblones, cantaba poco y dormía menos: era un capitalista. Si dormitaba fatigado al rayar el día, despertábale entonces la canción del zapatero, y el infeliz millonario se lamentaba de que no se vendiera en la plaza el dormir como el comer y el beber.
Un día llamo al cantador, y le dijo: “Vamos a ver, maese Gregorio: ¿Cuánto ganáis al año?- ¿Al año? Dispense vuestra merced, contestó el zapatero con su cara de Pascua; pero jamás saque esa cuenta. No me queda un maravedí de un día para otro: me doy por contento con llegar al cabo de un año, comiendo el pan nuestro de cada día.-Pues bien: ¿cuanto ganáis al día?- Unas veces más y otras menos. No sería malo el oficio, sino fuera porque hay muchos días en que no se puede trabajar. Nos arruinan las fiestas, y cada vez añade el señor cura, nuevos santos al calendario.” El capitalista, riendo de su sencillez, le dijo: “Os quiero hacer hombre. Tomad cien doblones, guardadlos para una necesidad”
Creyó ver el zapatero, todo el oro que la tierra había producido en cienazos. Volvió a su casa; escondió en la cueva su caudal y sepultó con él sus regocijos. ¡Adiós cantares! Perdió la voz así que obtuvo lo que causa nuestras zozobras. Huyo el sueño de su hogar, tuvo por huéspedes afanes, alarmas y recelos. Todo el día estaba al atisbo; y de coche, si andaba por la casa un gato y hacía el menor ruido, el gato era un ladrón que le robaba su tesoro. Al fin y al cabo, el pobre hombre fue a buscar a aquel vecino a quien ya no despertaba con sus canciones matutinas: “Vuélvame, su merced, le dijo, mis canciones y mi sosiego, y tome sus cien doblones.”