jueves, 18 de octubre de 2007

El ratón y la ostra


Un ratón. Nacido en el campo, y ligero de cascos, se cansó pronto de los domésticos lares. Dejó, pues, el bancal paterno, el grano y las gavillas, y marcho a correr el mundo.
Así que estuvo fuera de su madriguera, “¡Que espaciosas es la tierra! Exclamó: ¡he ahí los Apeninos! ¡He allá el Cáucaso!” Cualquier montoncillo de topera era para el un Himalaya. Al cabo de unos días llego el viajero a una playa donde las olas habían dejado a seco algunas ostras, y nuestro ratón creyó que eran buques de alto bordo. “¡En verdad que mi padre era un pobre señor! Pensaba. No se atrevía a viajar, temeroso de todo. ¡Cuan otro yo! He visto ya el imperio de Neptuno y he cruzado los áridos desiertos de la Libia.” De una rata erudita había aprendido todo esto, y lo aplicaba como Dios le daba a entender, porque no era de aquellos ratones que a fuerza de roer libros se hacen sabios.
Entre aquellas ostras, cerradas casi todas, había una abierta: bostezando al sol, respiraba la fresca brisa, blanca, tierna, jugosa, y a juzgar por las trazas, sabrosísima. Así que distinguió el Ratón aquella Ostra viva y palpitante, “¿Qué veo? Exclamó: vitualla parece, y si no engaña la apariencia, es bocado exquisito que se me presenta, como no lo probé jamás.” El inexperto animal, gozoso y esperanzado, acércase al marisco, alarga el cuello, y se siente cogido en una trampa: la ostra se había cerrado. Esas son las consecuencias de la ignorancia.

Más de una lección encierra esta fabula: vemos, en primer lugar, cómo les sorprende todo a los que no tienen conocimiento del mundo, y vemos también que, a veces a quien cree apuntar mejor, le sale el tiro por la culata.