jueves, 18 de octubre de 2007

El oso y el floricultor


Un oso selvático relegado por su picara suerte a un bosque desierto, vivía, nuevo Belerofonte, a solas y escondido. Volviese loco, porque no hay cosa que trastorne la mollera más que el aislamiento. Hablar es bueno; callar, aún es mejor; pero una y otra cosa llevadas al extremo, son igualmente dañinas. No aparecía bicho viviente en los lugares habitados por el Oso, y al fin, Oso como era, se aburrió, sin embargo, de aquella triste vida. Mientras se entregaba al tedio, se fastidiaba también soberanamente un viejo que vivía en las cercanías. Gustaba de los jardines: era sacerdote de Flora, y a la vez de Pomona. Buenas aficiones son; mas, para completarlas, hace falta algún amigo: los jardines no dicen nada, a no ser en mis fábulas. Cansado de vivir con mudos, nuestro hombre salió de casa una mañana, resuelto a buscar compañía. Con el mismo objeto había bajado el oso de sus cerros; y en un recodo del camino encontráronse entrambos. Entrole miedo al viejo; pero ¿Cómo evitar el encuentro? ¿Qué hacer? Lo mejor en estos casos es echarla de valiente. Disimuló, pues. El Oso, que nunca pecó de cortés, le dijo: “¡Hombre, ven a verme; hazme una visita!” El viejo dijote a su vez: “Señor, allí tenéis mi casa. Si os dignáis honrarla, os ofreceré un humilde refrigerio. Tengo frutas , tengo leche: no será propio este obsequio de su excelencia el señor Oso; pero ofrezco lo que tengo.”
Acepto el huésped de las selvas y marcharon juntos.
Antes de llegar a casa, ya eran buenos amigos; una vez en ella, encontráronse en sus glorias, y fueron excelentes camaradas. Dicen que más vale estar solo que en compañía de un necio; pero, como el oso no decía cuatro palabras en toda la jornada, no le servia de estorbo al floricultor para sus faenas. Iba al monte y traía buena caza, y aun le prestaba al compañero mejor servicio: cuando éste dormía, le espantaba las moscas. En cierta ocasión en que el viejo estaba profundamente dormido, se le paró uno de esos incomodo volátiles en la punta de la nariz. El oso la espantaba; ella volvía, y ya estaba exasperado el velludo animal. “Verás como te atrapo” dijo en sus adentros; cogió un peñón, lo arrojo con toda su fuerza, y aplastó la mosca, sí pero quebrándole los cascos al camarada.

Nada hay peor que un amigo torpe; vale más un enemigo avisado.

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