viernes, 12 de octubre de 2007

El gato, la comadreja y el gazapillo


La astuta comadreja se apoderó una mañana del alcázar de un gazapillo. Como el dueño estaba ausente, no tropezó con ninguna dificultad. Instalo allí sus penates, mientras él festejaba a la aurora entre los romeros y tomillos. Después de desayunarse y corretear a sus anchas, volvió Juan Conejo a su subterránea mansión. La comadreja asomaba el hociquillos por la ventana. “¿¡Qué veo Dioses hospitalarios!?” exclamo el animal arrojado del hogar paterno: “Salid al punto señora comadreja, o aviso a todas las ratas del contorno.”La dama del hocico en punta contestó que en el mundo todo era del primer ocupante. ¡Bonito casus belli, aquella madriguera en que sólo se podía entrar a rastras! “Y aun cuando fuera un imperio, quisiera saber, decía, qué ley lo ha adjudicado para siempre a Don Juan Conejo, hijo de Don Pedro Conejón, o de Don Pablo Conejazo, con preferencia a Don Blas Conejillo, o a mí misma” Juan Conejo alegó el uso y la costumbre . “Estas son las leyes, decía, que me han hecho dueño y señor de esta morada, transmitiéndola de padres a hijos. ¿Puede tener más fuerza el derecho del primer ocupante?- Pues bien: no alborotemos; sometamos el asunto al Dr. Raminagrobis.” Era éste doctor un gatazo que hacía vida de ermitaño, piadoso y cachazudo; un santo varón gatuno, muy orondo, y de buen pelo, árbitro expertísimo en todos los casos arduos. Juan Conejo lo acepto por juez. Hételos ya delante de su majestad felina. “Hijos míos, les dice, acercaos, acercaos más; estoy algo sordo: ¡achaques de la vejez!” Acercáronse ambos litigantes, sin recelar nada. Así que los vio a tiro, el santo varón les echó las dos zarpas a la vez, y los puso de acuerdo engulléndoselos juntos.

Lo cual es punto por punto, semejante a las disensiones de los pequeños príncipes sometidos a monarcas poderosos.