viernes, 12 de octubre de 2007

Ingratitud e injusticia de los hombres para con la fortuna


Era un comerciante, que traficando por mar, se enriqueció. Hizo muchos viajes, triunfando siempre de los vientos. Ningún escollo, arrecife ni remolino cobró peaje de sus mercancías. Eximiole la suerte de todo percance. Neptuno y las parcas imponían su derecho a todas sus camaradas, mientras que la fortuna se encargaba de llevar sus barcos a puertos de salvación. Socios y factores, todos le fueron fieles. Vendió muy bien su tabaco, su azúcar y su canela. Disputábanse sus porcelanas de China. La moda y el lujo aumentaron prodigiosamente su caudal; llovía oro en su gaveta. En su casa no se hablaba más que de doblones. Tenía perros, caballos y coches. Sus comidas de vigilia parecían banquetes de bodas. Viendo aquellos suntuosos festines, díjole un amigo: “¿De donde proviene tan buen trato?- ¿De donde ha de provenir más que de mi ingenio? Todo me lo debo a mí mismo, a mis afanes, a mi acierto en arriesgarme a tiempo y colocar bien el dinero. ”
Como el lucro es una cosa tan dulce y tentadora, arriesgó de nuevo el capital que había hecho, pero esta vez nada le salió bien. Culpa fue de su imprudencia; un buque mal equipado perdiese a la primera borrasca; otro mal provisto de armas, fue presa de corsarios; un tercer buque que pudo llegar a puerto, no despacho el cargo. El lujo y la moda habían cambiado. En fin, víctima de factores que le engañaron y de sus excesivos dispendios en edificaciones y francachelas, quedó pobre de repente. Su amigo, viéndole en tan mísero estado, le pregunto: “¿Y esto de que proviene?- ¡Ay, contestó, azares de la fortuna!- Consolaos, replicole, si la fortuna no quiere que seáis dichoso, sed por lo menos prudente y razonable.”

No sé si atendió el consejo. Lo que sé es que cada cual imputa, en caso parecido, su prosperidad a su propio trabajo e industria; y si por culpa suya tiene algún fracaso, desátase en querellas contra su ala suerte. El bien lo debemos siempre a nosotros mismos; el mal nos lo envía la fortuna. Siempre queremos tener razón, y que ella sea la culpable.