miércoles, 17 de octubre de 2007

El hombre y la pulga


Fatigamos al cielo con votos impertinentes, sobre asuntos muchas veces indignos de él: como si la divinidad hubiese de tener puestos siempre los ojos en nosotros, y como si el último de los hombres, a cada paso queda, a cada fruslería que le ocurre, tuviera que trastornar el Olimpo y a todos sus augustos habitantes cual si se tratase de la guerra de Griegos y Troyanos.

Un mentecato sintió una Pulga, que en la espalda le picaba, oculta en los pliegues de la ropa. “¡Hércules¡ gritó: ¿Por qué no liberas al mundo de esta hidra, que renace con la primavera? ¿En que piensas, Júpiter, que desde tu trono celestial no exterminas esta raza y me vengas de ella?” ¡Y para matar una pulga le pedía a los Dioses la formidable clava y el haz de los rayos!