lunes, 29 de octubre de 2007

El colegial, el pedante y el dueño de un jardín.


Un muchacho que trascendía, a colegio, hasta el punto de apestar, pícaro a la vez y necio, por los pocos años y por la pedantería adquirida en las aulas, merodeaba en el huerto de un vecino suyo. Tenía este vecino los más exquisitos dones que ofrece Pomona al hombre. Cada estación le ofrecía su tributo, pues así como exquisitas frutas en otoño, lograba en primavera las flores más preciosas.
Fue un día a este jardín nuestro escolar, y encaramándose sin miramientos a un árbol frutal, maltrataba y destruía hasta los tiernos capullos, dulce esperanza y promesa de la futura cosecha. Hasta desgajó algunas ramas, t tal destrozo hizo, que el dueño del jardín se quejo al profesor. Vino éste con largo sequito de chicuelos, y se lleno el jardín de multitud de arrapiezos, peores que el primero.
El Dómine pedante aumentó sin necesidad el mal llevando aquella chiquillería mal educada, con el propósito, según dijo de hacer un escarmiento que fuese ejemplar, sirviendo de inolvidable lección a todos sus alumnos. Extendiese sobre este tema, citando a Virgilio y Cicerón, y alegando razones muy científicas. La perorata fue larga, tan larga que la maldita ralea tuvo tiempo para devastar el jardín por todas partes.

Aborrezco los discursos largos e inoportunos. No conozco bicho más temible que el colegial, como no sea el pedante. No quisiera por vecino ni al uno, ni al otro.