lunes, 29 de octubre de 2007

El escultor y la estatua de Júpiter


Gustole tanto a un escultor un magnifico bloque de mármol, que al punto lo compró “¿En qué convertirá este mármol mi cincel? Se preguntó. ¿Haré de el un Dios, una mesa o una cubeta? Dios será, y ha de esgrimir con la diestra el rayo: ¡Temblad mortales y dirigidle vuestras suplicas! ¡Ahí tenéis al señor del universo!”
Supo dar tan propia expresión al ídolo, que la gente no echaba de menos en aquella imagen de Júpiter más que el habla, y hasta se cuenta que el artífice, cuando la vio terminada, fue el primero que tembló, asustado de su misma obra. No fue menor en otros tiempos la flaqueza de los poetas, que temieron la ira, y la cólera de divinidades por ellos mismos inventadas. Hacían en esto como los niños, a quienes preocupa continuamente el miedo de que se irriten y disgusten sus muñecos. Sigue fácilmente el sentimiento a la imaginación, y de esta fuente brotó el error del paganismo, extendido en tantas naciones. Sedúcennos las propias quimeras: Pigmalión convirtiese en amante de la imagen que el mismo fabricara. Convierte el hombre en realidad, hasta donde le es posible, sus imaginarios sueños; su alma es de hielo para la verdad y de fuego para la mentira.

El ratón metamorfoseado en doncella


Cayó un ratón del pico de una lechuza: yo no lo hubiese recogido; recogiolo un brahmán: no lo dificulto, porque cada país tiene usos diferentes. El ratón estaba muy magullado. De esta especie de prójimos nos cuidamos poco nosotros; pero los brahmanes los tratan como hermanos. Tienen como artículo de fe que el alma humana, al salir del cuerpo de un monarca, entra en el de un pulgón, o cualquier otro animalejo, según dispone la suerte. De ellos tomó Pitágoras este dogma. Con tal creencia pareciole bien al brahmán rogar a un hechicero que alojase el alma del ratón en alguno de los cuerpos que hubiera habitado ya en tiempos de antaño. Convirtiola el hechicero en doncella de quince abriles, tan hermosa y gentil, que el hijo de Príamo hubiera acometido por ella mayores hazañas que por la famosa Helena. Sorprendido quedó el brahmán de tal novedad, y dijo a la hermosa: “No tenéis más que elegir; todos ambicionan el honor de ser vuestro esposo.- En este caso, contesto la doncella, me decido por el más poderoso de todos.-¡Oh Sol! Exclamó el brahmán cayendo de rodillas; ¡tú serás el yerno mió!-No, dijo el sol. Ese espeso nubarrón es más poderoso que yo, pues oculta mis rayos; dirigíos a el.-Pues bien, dijo el brahmán a la voladora nube: ¿Has nacido tú para mi hija?-No por cierto, porque el viento me arrastra, a su capricho, de una parte a otra: no quiero usurpar sus derechos- El brahmán, irritado, gritó: “¡Oh viento! Ven tú pues, a los brazos de la hermosa.” Acudía el viento, pero una montaña lo detuvo. Llegada a su mano la pelota, hízola volar de nuevo, diciendo: “No quiero tener cuestiones con el ratón: haría mal en agraviarlo, a él, que me puede horadar.”” Al nombrar al ratón, la doncella, abrió los oídos: el ratón fue su marido. ¿Un ratón? Sí, señores, un ratón. Golpes son estos muy frecuentes del caprichoso amor; buenos testigos Fulana y Mengana: dicho sea esto entre nosotros.

Conservamos siempre algo del lugar de donde procedeos: pruébalo bastante bien esta fábula; pero, examinándola atentos, encontramos en ella algo de sofístico: ¿Por qué hay marido que no sea preferible al sol, si discurrimos de ese modo? ¿Sostendremos que un gigante es menos fuerte que una pulga? No, y sin embargo, la pulga le pica. El ratón, para continuar el argumento, debía enviar la doncella al gato, l gato al perro, el perro al lobo; y por medio de esta argumentación circular, el indiano Pilpay, autor de la fabula, se hubiera remontado de nuevo hasta el sol; el sol hubiera sido el esposo de aquella beldad.
Volvamos, si podemos, a la metensicosis: lo que hizo el hechicero a ruegos del brahmán, lejos de comprobarla, patentiza su falsedad. Porque exige su sistema que el hombre, el ratón, el gusanillo, todos los seres, vayan a tomar su alma en un acervo común: todas las almas deben ser, pues, de igual naturaleza; pero, actuando de diverso modo, según la diversidad de los órganos, las unas se elevan, y las otras degeneran. ¿Cómo se explica, pues, que un cuerpo tan bien organizado, como el de la hermosa doncella, no pudiera inducir al alma a unirse al astro del día, y se inclinara a un mísero ratón?
Todo bien pesado, el alma de los ratones es muy distinta del alma de las doncellas: hay que volver al destino de cada cual, es decir, a la ley dictada por Dios. Apelad al diablo, recurrid a la magia. No apartaréis a ningún ser de su fin natural.

El colegial, el pedante y el dueño de un jardín.


Un muchacho que trascendía, a colegio, hasta el punto de apestar, pícaro a la vez y necio, por los pocos años y por la pedantería adquirida en las aulas, merodeaba en el huerto de un vecino suyo. Tenía este vecino los más exquisitos dones que ofrece Pomona al hombre. Cada estación le ofrecía su tributo, pues así como exquisitas frutas en otoño, lograba en primavera las flores más preciosas.
Fue un día a este jardín nuestro escolar, y encaramándose sin miramientos a un árbol frutal, maltrataba y destruía hasta los tiernos capullos, dulce esperanza y promesa de la futura cosecha. Hasta desgajó algunas ramas, t tal destrozo hizo, que el dueño del jardín se quejo al profesor. Vino éste con largo sequito de chicuelos, y se lleno el jardín de multitud de arrapiezos, peores que el primero.
El Dómine pedante aumentó sin necesidad el mal llevando aquella chiquillería mal educada, con el propósito, según dijo de hacer un escarmiento que fuese ejemplar, sirviendo de inolvidable lección a todos sus alumnos. Extendiese sobre este tema, citando a Virgilio y Cicerón, y alegando razones muy científicas. La perorata fue larga, tan larga que la maldita ralea tuvo tiempo para devastar el jardín por todas partes.

Aborrezco los discursos largos e inoportunos. No conozco bicho más temible que el colegial, como no sea el pedante. No quisiera por vecino ni al uno, ni al otro.

Los dos pichones


Queríanse tiernamente dos pichones, pero el uno de ellos se aburría de casa, y tuvo la insensata ocurrencia de hacer un largo viaje. Díjole el compañero: “¿Qué vas a hacer? ¿Quieres dejar a tu hermano? La ausencia es el mayor de los males; pero no lo es sin duda para ti, a no ser que los trabajos, los peligros y las molestias del viaje te hagan cambiar de propósito. ¡Si estuviera más adelantada la estación!” Aguarda las brisas primaverales: ¿Qué prisa tienes? Ahora mismo un cuervo pronostica desgraciaba desgracias a alguna ave desventurada. Si marchas, estaré siempre pensando en funestos encuentros, en halcones y en redes. Está lloviendo diré; ¿Tendrá mi hermano buen albergue y buena cena?”
Este discurso movió el corazón de nuestro imprudente viajero; pero el afán de ver y el espíritu aventurero prevalecieron por fin. “No llores, dijo; con tres días de viaje quedaré satisfecho. Volveré en seguida a contarte, punto por punto, mis aventuras y te divertiré con mi relato. Quien nada ha visto, de nada puede hablar. Ya veras como te agrada la narración de mi viaje. Te diré: Estuve allí y me pasó tal cosa. Te parecerá, al oírme, que has estado tú también.”

Así hablaron y se despidieron llorando. Alejose el viajero, y al poco rato un chubasco le obligó a buscar abrigo. No encontró más que un árbol, y de tan menguado follaje, que el pobre pichón quedó calado hasta los huesos. Cuando pasó la borrasca, enjugase como pudo, y divisó en un campo inmediato granos de trigo esparcidos por el suelo y junto a ellos otro pichón. Avivósele el apetito, acercase y quedo preso; el trigo era cebo de traidoras redes. Eran éstas viejas y estaban tan gastadas, que trabajando con las alas, el pico y las patas, pudo romperlas el cautivo, dejando en aquellas algunas plumas; pero lo peor del caso fue que un buitre, de rapaces garras, vio a nuestro pobre volátil, que arrastrando la destrozada red parecía un forzado que huía del presidio. Arrojábase ya el buitre sobre él, cuando súbitamente cayo desde las nubes un águila con las alas extendidas. Prevaliese el pichón del conflicto entre aquellos dos bandoleros, echó a volar y se refugio en un granja, pensando que allí acabarían sus desventuras. Pero un maligno muchachuelo (esta edad no tiene entrañas), hizo voltear la honda, y de una pedrada dejo medio muerto al desdichado, que maldiciendo su curiosidad, arrastrando las alas y los pies, dirigiose cojeando y sin aliento hacia el palomar, a donde llegó al fin como pudo sin nuevos contratiempos. Juntos al cabo los dos camaradas, queda a juicio del lector considerar cuán grande fue su alegría después de tantos trabajos.

Amantes, afortunados amantes, ¿queréis viajar? No os alejéis mucho; sed el uno para el otro un mundo siempre hermoso, siempre distinto siempre nuevo. Sed el uno el todo del otro, y no hagáis caso de lo demás. También yo amé alguna vez, y no hubiera cambiado entonces por el Louvre y sus tesoros, por el firmamento y su celeste bóveda, los campestres lugares dignificados por los pasos y alumbrados por los ojos de la joven y adorable zagala a quien me subyugaba el hijo de Citerea, y a quien consagré mis primeros juramentos. ¡Ay! ¿Cuándo volverán tan dulces horas? ¿Es posible que tantos objetos bellos y encantadores me dejen vivir a merced de mi alma inquieta? ¿No podrá inflamarse de nuevo mi corazón? ¿Habrá pasado ya para mi el tiempo de amar?

viernes, 19 de octubre de 2007

Las exequias de la leona


Murió la esposa del León: todos acudieron para cumplir con el príncipe, abrumándolo con esas frases huecas de consuelo, que son un recargo al dolor. Diose aviso a todo el reino de que tal día y en tal punto se celebrarían las exequias de: sus chambelanes y prebostes estarían allí para disponer la ceremonia y colocar la gente. Nadie faltó. Entregase el príncipe a los extremos de su aflicción, y resonaron en el antro real sus alaridos. No tienen otro templo los leones. Al compás de los lamentos del monarca, lamentáronse todos los cortesanos, cada cual en su jerga y algarabía.
¿Queréis que os defina la corte? Es un país donde la gente, gozosa o afligida, a todo dispuesta, a todo indiferente, es lo que quiere el príncipe que sea, y si no lo es, procura aparentarlo. Pueblo-camaleón, pueblo-mono, copiando siempre a su amo y señor. Mil cuerpos hay, y parece que no tengan más que un alma. Allí si que puede decirse que los hombres no son más que maquinas (I).
Para volver a nuestro cuento, el ciervo no lloró. ¿Cómo había de llorar, si aquella muerte vengaba sus agravios? La leona había estrangulado a su esposa y a sus hijos. No lloro, pues. Un adulador fue a decírselo a Su Majestad, y añadió que le había visto sonreír. La cólera de un rey es terrible, como dice Salomón., y si el rey se llama León, aún lo es más. Pero aquel ciervo no había leído la Biblia. El monarca le dijo: “¡Cobarde huésped de la espesura, tú ríes! ¡Tú ríes, ajeno a todos esos lamentos! No me dignaré hincar en tus profanos miembros mis garras sacrosantas. Venid, Lobos; vengad a la reina. Inmolad ese traidor a sus augustos manes.” El ciervo contestó: “Señor, paso la hora de las lagrimas: el dolor es ya inútil. Vuestra digna cónyuge se me ha aparecido recostada entre flores, muy cerca de este lugar. Al punto la reconocí. Amigo, me dijo, guárdate bien de llorar cuando me abren los dioses su morada. En los Campos Eliseos he disfrutado los supremos goces conversando con los bienaventurados como yo. En cuanto al rey, déjale sumido por algún tiempo en su desesperación.” Apenas oyeron esto, gritaron todos: “¡Milagro! ¡Apoteosis!” Y el ciervo tuvo, en vez de castigo, rico presente.

Divertid a los reyes con ensueños y fantasías; aduladlos con mentiras halagüeñas; por muy indignados que estén, tragaran el anzuelo, y seréis su favorito.

(1)Alusión al sistema filosófico de Descartes, que reducía a los animales a la condición de simples maquinas.

jueves, 18 de octubre de 2007

Los dos amigos

Allá, muy lejos en Monomotapa, había dos amigos verdaderos. Todo lo que poseían era común entre ellos. Esos son amigos; no los de nuestro país.
Una noche que ambos descansaban, aprovechando la ausencia del sol, uno de ellos se levanta de la cama todo azorado; corre a casa de su compañero, llama a los criados: Morfeo reinaba en aquella mansión. El amigo dormido despierta sobresaltado, toma la bolsa, toma las armas, y sale en busca del otro. “¿Qué pasa? Le pregunta: no acostumbráis a ir por el mundo a estas horas; empleáis mejor el tiempo destinado al sueño. ¿Habéis perdido al juego vuestro caudal? Aquí tenéis oro. ¿Tenéis algún lance pendiente? Llevo la espada, vamos. ¿Os cansáis de dormir solo? A mi lado tengo una esclava muy hermosa: la llamare, si queréis.- No contestó el amigo; no es nada de eso. Soñaba os veía, y me pareció que estabais algo triste. Temí que fuese verdad, y vine corriendo. Ese pícaro sueño tiene la culpa.”¿Cuál de estos dos amigos era más amigo del otro? He ahí una cuestión que vale la pena dilucidarla. ¡Oh, que gran cosa es un buen amigo! Investiga vuestras necesidades y os ahorra la vergüenza de revelárselas: un ensueño, un presagio, una ilusión: todo lo asusta, si se trata de la persona querida.

El oso y el floricultor


Un oso selvático relegado por su picara suerte a un bosque desierto, vivía, nuevo Belerofonte, a solas y escondido. Volviese loco, porque no hay cosa que trastorne la mollera más que el aislamiento. Hablar es bueno; callar, aún es mejor; pero una y otra cosa llevadas al extremo, son igualmente dañinas. No aparecía bicho viviente en los lugares habitados por el Oso, y al fin, Oso como era, se aburrió, sin embargo, de aquella triste vida. Mientras se entregaba al tedio, se fastidiaba también soberanamente un viejo que vivía en las cercanías. Gustaba de los jardines: era sacerdote de Flora, y a la vez de Pomona. Buenas aficiones son; mas, para completarlas, hace falta algún amigo: los jardines no dicen nada, a no ser en mis fábulas. Cansado de vivir con mudos, nuestro hombre salió de casa una mañana, resuelto a buscar compañía. Con el mismo objeto había bajado el oso de sus cerros; y en un recodo del camino encontráronse entrambos. Entrole miedo al viejo; pero ¿Cómo evitar el encuentro? ¿Qué hacer? Lo mejor en estos casos es echarla de valiente. Disimuló, pues. El Oso, que nunca pecó de cortés, le dijo: “¡Hombre, ven a verme; hazme una visita!” El viejo dijote a su vez: “Señor, allí tenéis mi casa. Si os dignáis honrarla, os ofreceré un humilde refrigerio. Tengo frutas , tengo leche: no será propio este obsequio de su excelencia el señor Oso; pero ofrezco lo que tengo.”
Acepto el huésped de las selvas y marcharon juntos.
Antes de llegar a casa, ya eran buenos amigos; una vez en ella, encontráronse en sus glorias, y fueron excelentes camaradas. Dicen que más vale estar solo que en compañía de un necio; pero, como el oso no decía cuatro palabras en toda la jornada, no le servia de estorbo al floricultor para sus faenas. Iba al monte y traía buena caza, y aun le prestaba al compañero mejor servicio: cuando éste dormía, le espantaba las moscas. En cierta ocasión en que el viejo estaba profundamente dormido, se le paró uno de esos incomodo volátiles en la punta de la nariz. El oso la espantaba; ella volvía, y ya estaba exasperado el velludo animal. “Verás como te atrapo” dijo en sus adentros; cogió un peñón, lo arrojo con toda su fuerza, y aplastó la mosca, sí pero quebrándole los cascos al camarada.

Nada hay peor que un amigo torpe; vale más un enemigo avisado.